Bandera de la Republica Argentina

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sábado, 27 de octubre de 2007

MUERTE DE INDIGENAS

Publicado por Agendadereflexion.com.ar, reproducido por Agencia NOVA.

En la misma ciudad que hace cincuenta y siete años protagonizó el 17 de Octubre, un ejército de cartoneros noche a noche hurga en bolsas buscando su cena, convirtiendo a la calle en un fast food de la indigencia.

Según las cifras oficiales, los desocupados y subocupados ya son seis millones, la misma cifra de judíos asesinados por los nazis. Una nueva variante de genocidio silencioso ejecutado con formas democráticas.

Claro, aquí no hay cámaras de gas ni se toman el trabajo de eliminarlos, por lo que ni siquiera se puede hablar de “la solución final”. Simplemente se los condena a la desocupación eterna, a la degradación, a la humillación.

Los burgueses hastiados, los que viven agachados, los que tienen algo que perder, los que aceptan la injusticia ajena como una fatalidad donada por el destino en el altar de las propias comodidades y beneficios, los analfabetos ilustrados de nuestra época, los anormales y los demasiado normales, todas estas categorías fluctuantes e inseguras que constituyen el jardín zoológico de la clientela política contemporánea, no se han enterado de lo que verdaderamente sucede en la Argentina.

Todos estos cerebros sin neuronas se tapan los oídos con unos celulares que enarbolan con orgullo. O encuentran la falsa contrapartida que justifique el costo de vidas inmoladas en su presunta “vida protegida”. Hasta el ciudadano común mira a esta Armada Brancaleone del hambre con una mezcla de incredulidad y culpa.

Estas personas que se alimentan de la basura, que viven de los residuos, que vuelven útil y apetecible lo que en el séptimo B era inútil y desechable, no son una fuerza exterior invasora, sino una de las expresiones más rotundas y expresivas de la crisis argentina. Son los excluidos del mercado, las estadísticas de pobreza y marginación hechas personas de carne y hueso, con sueños y pasado, con pelos y señales. Esta patética fotografía tiene millones de protagonistas que no estuvieron ni están invitados a la fiesta de banqueros, privatizadas y acreedores.

Haber insertado escenas africanas en el otrora país más desarrollado de América Latina ha demandado un cuarto de siglo. Pero cuidado porque parece que no ha sido suficiente. Y vienen por otros veinticinco años.

Aún en esta Argentina disminuida, tener desnutrición y anemia, chicos con panzas hinchadas por la consuetudinaria falta de ingestión de comida en el primer país productor de alimentos por habitante no es una hazaña menor.

Aún esta Argentina disminuida es el quinto productor mundial de trigo y de harina de trigo, primer productor y exportador de aceite de girasol, primer exportador de aceite y harina de soja, primer exportador mundial de peras, primer productor de limones, segundo exportador mundial de maíz y primero de miel, tercer productor de jugos concentrados de pomelo y manzana, cuarto exportador de carne bovina, segundo exportador de sorgo granífero, cuarto productor de vinos, tercer productor de miel.

En fin, lo cierto es que Argentina transformó un sueño mayoritario en una pesadilla alucinada. Gobiernos genocidas y una democracia vacía han reducido al nuestro en un país irreconocible, un verdadero modelo de rapiña, saqueo y concentración desusada.

Todos los protagonistas nacionales parecen pequeñas figuras de reparto ante la potencia del libreto que bosqueja la crisis, que diseña la usura apátrida y que supervisa el Fondo Monetario Internacional. La diferencia de peso y envergadura de los contendientes y la magnitud del escenario convierte a los protagonistas locales en liliputienses personajes que se achican indefinidamente.

Y son tan imbéciles que no distinguen el discurso externo del interno del Imperio. Ninguno de estos enanitos aprendices de Gunga Din -el perfecto cipayo- dicen que en sus admiradísimos Estados Unidos, en los últimos dieciocho meses la emisión realizada equivale al cincuenta por ciento de la masa monetaria total, que el déficit del Presupuesto nacional es de ciento sesenta y cinco mil millones de dólares –mucho más que toda la deuda pública argentina- que el correo estatal tiene un déficit de mil setecientos millones pero que no hay propuestas privatizadoras, que los ferrocarriles estatales arrojan un déficit de más de mil millones de dólares pero que los legisladores provenientes de las regiones de los ramales que dan pérdida defienden el carácter social de los mismos, que se protege desmesuradamente todo aquello que los de afuera producen a menor costo y que los escandalosos subsidios agrícolas se incrementaron para el próximo lustro.

No. Haciendo referencia a estos babosos chupamedias de todos los tiempos y lugares, Pedro Albizú Campos, el patriota portorriqueño que luchó contra la idea del Estado asociado que aquí proponen algunos, sostenía con precisión: “Aquel que no está orgulloso de su origen no valdrá nunca nada, porque empieza por despreciarse a sí mismo”.

Como Julio César, en la Argentina hemos pasado el Rubicón. Sólo que en nuestro caso es el de la degradación y de la decadencia. Nunca hay un piso en la caída histórica.

Hay quienes ante este festín macabro de la decadencia sólo atinan a disputar los desabridos restos del banquete sucio de una noche crapulosa en medio de la atmósfera turbia y estéril del fin de fiesta de un régimen en agonía terminal.

Este régimen oprobioso, esta no-sociedad, está destinado a hundirse irremediablemente, y por todas las grietas y rendijas del disgregado entorno está filtrándose ya el soplo de tal hundimiento.

El que el proceso de hundimiento se efectúe de a poco y sin ruido o el que se produzca a la manera de una catástrofe es una diferencia que afecta a la forma, no a la sustancia.

Debemos curarnos de la misteriosa enfermedad de los ojos que nos empaña la visión y el horizonte, y con unos ojos nuevos, ver las mismas cosas de siempre pero bajo una luz nueva. Debemos reconocer que esa enfermedad de los ojos es en realidad la misma enfermedad de la sociedad argentina, una enfermedad del alma que consiste en la pérdida del sentido de la vida.

Con esa nueva luz y los ojos curados podremos apreciar distinto las mismas cosas de siempre, encontrándoles un sentido nuevo.

Así fue con la Redención del 45.

El 17 de Octubre de 1945, el General Perón no sólo pudo captar los acontecimientos en su forma plural y antitética, sino también saludarlos, no obstante su peligrosidad, descubriendo la fuente ígnea de un sentimiento vital nuevo. Vislumbró bajo el caos de la situación esencial la anatomía secreta del instante, el perfil de la realidad sustantiva en un momento de confusión pavorosa.

Hoy, igual que en la Década Infame, Argentina necesita una revolución.

Digamos que, más que una revolución, lo que los argentinos en realidad necesitamos es una “devolución”: una devolución de nuestro patrimonio, de nuestra riqueza, de nuestra justicia, de nuestra esperanza, de nuestro presente y también de nuestro futuro.

Igual que en la Década Infame, los argentinos necesitamos la devolución de todo cuanto nos han quitado.

Con unos nuevos ojos, podremos ver que la marcha de los argentinos, y también de toda la humanidad, nos está haciendo atravesar unas zonas en que la patria, los valores y la noción de la grandeza están en penumbra, y las ruinas de la sociedad burguesa aparecen dotadas de más significado que el albergue fugaz que se abandona cada mañana.

Los valores y creencias, y también la grandeza, están recluidos en la estricta intimidad de cada uno y se borran todas las expresiones públicas en que éstos se manifiestan, creando un cuerpo histórico. Brota enton¬ces una sociedad sin alma y sin normas, con miembros fragmentados en islas sin un agua común que las religue y fecunde sus raíces.

Se cae así en el servilismo alienador o en el maquiavelismo inmisericorde, impera el trabajo sin alegría, el placer sin risa, la virtud sin gracia, la niñez sin privilegio, la juventud sin mística, el amor sin misterio, el arte sin irradiación.

Todos andamos como hombres aturdidos que no saben lo que pasa en la ciudad, o como ovejas sin pastor que no saben dónde están los pastos que de veras apacientan; las generaciones vivientes se hablan en lenguas extrañas y se miran con ojos extraños; los adultos creemos tener que aprender fuera lo que bien sabíamos en nuestro fuero interior pero lo hemos olvida¬do y ahora deformamos; las conciencias parecen oscurecerse volcadas exclusivamente a un plato de lentejas.

Todo es cultura sin culto, obras sin fe, medios sin fin, acción sin contemplación, es decir, cuerpo sin alma.

Cada día se nos quiebran las evidencias que tras larga búsqueda habíamos acumulado y necesitamos salir de nuevo como don Quijote a la conquista de nuestra humanidad verdadera, si no queremos quedar anegados en el aturdimiento, la insensatez o la desesperación de nuestra aldea.

Proliferan los psicoterapeutas, los gurúes y los políticos frívolos; las gentes vagan desorientadas en medio de terapias en competencia, se sumen en cualquier aquelarre, o alternativamente, se refugian en un aislamiento patológico, convencidas de que la realidad es absurda, demente o insensata.

Y sobre el trasfondo de conmoción profunda de las conciencias, se levantan en oleaje, a veces calmo y a veces violento, las cuestiones primordiales de la existencia humana, la relación entre los valores últimos y las tareas inmediatas de cada día, entre el pensamiento y la acción, entre persona y comunidad, entre mística y política.

Corre el “runrún” de que ya no rigen los mandamientos de la ley de Dios, ni los del hombre civilizado, ni las lecciones de la historia, que ningún imperativo mantiene vigencia, que las gentes ya no deben estar metidas en su destino y en su quicio, sino en su mera extravagancia; que suele ser vagancia, vida vacía, desolación.

Ahora bien, hay instantes en la vida de los pueblos, como en la de las personas, en que logran levantarse por encima de sí mismos, instantes absolutos, casi divinos, instantes de éxtasis, cuando la esperanza se actualiza y se desata. No a todas las personas les es dado vivir uno de ellos, de la misma forma que en la vida de los pueblos tampoco le es dado a todas las generaciones vivirlos.

Los pueblos son la realidad humana anónima que en general padecen, más que hacen la historia, pero que intervienen radicalmente en esos momentos extraordinarios —durante esa especie de éxtasis histórico—, que luego resultan ser, ¡oh paradoja!, los momentos más “históricos”. Sin duda, el 17 de Octubre de 1945 fue uno de esos “momentos históricos”.

Pero en el mientras tanto en los pueblos hay una especie de padecer el tiempo que pasa lentamente, pudiendo incluso soportar el no existir, recogidos en sí mismos. En la intimidad de sus entrañas prosigue su vida con el ritmo del corazón que no cesa, ni aun en sueños. Y como en sueños, trabaja, padece como envuelto en sí mismo, llevado en una órbita, en un dormir-velar entre la esperanza y la resignación.

Pues sólo los individuos aislados, las clases privilegiadas o las minorías selectas se libran a la esperanza extrema —lo que les lleva a la desespe¬ración cuando aquélla queda abolida— o se hunden en la resignación extrema, que es el anonadamiento. Y en el mientras tanto son esclavos de la angustia. Por el contrario los pueblos viven en una mezcla, en un ritmo, en una especie de vaivén entre esperanza y desesperación que raramente llega al extremo.

La esperanza de los pueblos es también hambre de siglos y hambre de todo, de pan —en casi todos los pueblos del planeta— pero también de vivir en forma más activa, plena y personal; hambre de toda clase de bienes. Y el hambre y la esperanza son los motores más activos de la vida humana.

Sin embargo, las multitudes, si son empujadas al punto máximo de la desesperación por la miseria y el hambre, dejan de percibir la Providencia y pueden ser arrastradas a las peores negaciones y anarquías. Por eso enseña el Evangelio (Mt 24, 12): “...Y por la extensión de la iniquidad, desaparecerá la caridad de muchos”.

Pero cada tanto, llegando de remotas lejanías, el sonido de aquellos tiempos de éxtasis histórico parece penetrar de algún modo misterioso en el silencio que rodea sus derribados símbolos, de la misma manera en que el rumor del mar se conserva en los caracoles arrojados por las olas a las playas. Y entonces esos momentos vuelven a manifestarse en plenitud.

Digamos también que para los que hemos sido las víctimas y no los beneficiarios de este régimen que se acaba, se abre una perspectiva particularmen¬te grave pero esperanzadora.
Como decíamos, en realidad, la diferencia entre el ocaso y la aurora es únicamente una diferencia de perspectiva: todo ha estado ahí desde siempre y todo es nuevo desde una manera decisiva, pero es menester disponer de unos ojos nuevos. ¿Quién será capaz de vivir los dolores de la agonía como dolores de parto?

El primer presupuesto de cualquier construcción orgánica popular, el primer presupuesto de cualquier intento de refundación del movimiento nacional es que terminen de ser consumidos por el fuego los conceptos, las reglas de juego, el orden, las instituciones de este injusto mundo burgués agónico. Otros períodos similares de la historia argentina, como la Década Infame que pintó Berni, anidaban las vísperas de sus horas más gloriosas. Saludemos entonces también nosotros esta muerte, aunque reconociendo los peligros.

Hay un pasado duro en morir, cuya agonía de gigante otorga a nuestro tiempo la dramática fisonomía de un ocaso decadente. Un cielo de tormenta se extiende sobre nosotros, invisible para los que viven mirando concienzudamente la punta de sus zapatos; visible, en cambio, para todos aquellos que saben mirar hacia lo alto.

Pero es un cielo de tormenta que encierra un enigma, porque detrás de los truenos agónicos de todo un sistema, ya se puede escuchar el soplo jadeante del esfuerzo para hacer sobrevivir los valores elementales de la condición humana.

Por detrás de la tormenta está la claridad.
Se está esbozando una nueva categoría de hombre argentino.

Está gestándose, todavía misteriosamente, una nueva expresión del movimiento nacional. No tiene nombre aún, pero no es difícil descubrir su figura, su vago perfil proyectado sobre el cielo de este crepúsculo dramático.

Desde las profundidades del ser argentino brotarán y se alzarán, cada vez más claras y mejor definidas, las antiguas defensas, los mitos originarios, los secretos ancestrales que han hecho posible la vida y la evolución de nuestro pueblo. Es menester hincar muy hondo las raíces, perforando un suelo reseco, para alcanzar los manantiales donde se halla emplazado ese núcleo, el más íntimo de todos, que determina el sentido, la riqueza, el poder y la plenitud de la vida de un pueblo.

Decía un viejo General que así como no nace el hombre que escape a su destino, tampoco debería nacer quien no tenga una causa noble por la cual luchar, justificando así su paso por la vida. Por entre la maraña de los porcentajes de encuestas electorales y del oportunismo tan idolatrado por la politiquería reinante, ¿sabremos ver ahora la oportunidad verdadera ante la que nos puso la Providencia?

También digamos que en una trama con sectores populares movilizados, con la inseguridad acumulando cansancio para reclamar orden, con los representantes políticos desautorizados y repudiados, con los partidos vaciados, con la pobreza invadiendo todo, cualquier cosa puede suceder. Cualquier cosa.

Desde la fragmentación territorial y la disgregación nacional hasta el surgimiento social y político de algo nuevo, el futuro tiene muchas puertas y escasas certezas.

Tal vez los argentinos que tomamos conciencia de haber compartido las migajas de la fiesta de entrega y enajenación del futuro mientras millones eran lanzados al infierno de la miseria, descubramos ahora que cuando la fiesta terminó hay que pagar los platos rotos, y que ese precio no lo pagan los que se enriquecieron, sino por el contrario lo pagamos todos con más miseria, exclusión, inseguridad, pérdida de la dignidad... Tal vez ante lo inexorable de tamaña perversión nos rebelemos, digamos basta y terminemos con el síndrome del rehén para poner las cosas en su lugar.

Una misión a la que deberemos acudir ligeros de equipaje.

Quien no tiene un yo que vencer y sacrificar no debiera hablar de fidelidad a un jefe y a una causa: no hace sino correr detrás de alguien sobre el que ha echado la responsabilidad.

En todo caso, lo difícil de la hora alejará a los timoratos, asustará a los especuladores y anulará a los incapaces. La jornada que se inicia nos pone ante la decisión del primer día, nos remite a la antigua fe, a la misma entrega, a la mística que nunca debimos olvidar. Llegó la hora que no tiene lugar para almas delicadas ni para espíritus endebles.

En un país despoblado y generoso donde está casi todo por hacerse, millones de hombres y mujeres dispuestos y decididos, en cuyo seno están libres por doquier las fuerzas de la fe y de la voluntad: ¿podremos ver en ellos, como lo hizo Perón en 1945, a “lo mejor que tenemos”, una riqueza inconmensurable, un enorme capital, un gran ejército de reserva?

Este tiempo de miércoles de ceniza, luego de que caiga del cielo la tormenta de la pasión, desembocará en una resurrección del movimiento nacional de siempre, bajo misteriosas formas nuevas y originales.
Y viviremos entonces un nuevo 17 de Octubre.
Que así sea.

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