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viernes, 19 de octubre de 2007

Un libro sobre el calentamiento global rompe el mito sobre Al Gore

14 de octubre de 2007. Al Gore ya era el símbolo mundial de las causas políticamente correctas antes de la concesión del Premio Nobel de la Paz (dado pese a que en 1999 era vicepresidente de Bill Clinton cuando aviones norteamericanos y de la OTAN bombardearon Belgrado sin el -se supone- imprescindible mandato de la ONU). Pero una vez con él en las manos no hay quien pare la ola. Hasta va a comenzar en España su formación de ecopredicadores, propagandistas de algo que se parece cada vez más a una religión laica: la denuncia del calentamiento global.

Un libro sobre Gore y su documental

Este último es sin embargo objeto de una de las guías políticamente incorrectas que forman la interesante colección de la editorial Ciudadela, y de la que en su día reseñamos la correspondiente al Islam. Su autor es Christopher C. Horner, experto en regulación y legislación sobre el calentamiento global y asesor al respecto tanto del Senado de Estados Unidos como del Parlamento Europeo.

El libro, didáctico en la forma y apasionante en el contenido -no en vano hablamos de uno de los grandes debates de nuestro tiempo-, arranca hablando de Gore y dedica su último capítulo al ex mandatario norteamericano. Más oportuno no puede ser, por tanto, tras el Nobel recibido. Pero no se trata de una manía personal, sino de que, tras el Oscar con que la Academia de Hollywood premió La verdad incómoda, este documental se ha convertido en una verdad de fe de la cual resulta muy incómodo disentir.

"Mentiras convenientes"

Pero hay que hacerlo, sostiene Horner, por una sencilla razón: porque esa verdad de fe no es verdad. Forma un conjunto de "mentiras convenientes".
En la primera parte del libro demuestra por qué son "convenientes": básicamente, porque refuerzan la tendencia autoritaria de los Estados y -quizás más importante- sobre los Estados. Jacques Chirac lo confesaba sin ambages, al considerar el Protocolo de Kioto como "el primer componente de un auténtico gobierno global". Además, favorecen la formación a nivel planetario de una corriente de simpatía con los movimientos anticapitalistas (el ogro de la empresa contaminante) y antinorteamericanos (el país que más CO2 expulsa a la atmósfera). Datos estos últimos que, curiosamente se contradicen con la realidad: Estados Unidos, que no es signatario del Protocolo de Kioto, está frenando sus emisiones, mediante la autorregulación empresarial y su búsqueda de la eficiencia, más que la Unión Europea con el rígido control del mercado de derechos de emisión.

Y en la segunda parte explica por qué son "mentiras". Aunque no es solamente Horner quien lo señala. Ya hace algunos años se publicó el insustituible El ecologista escéptico de Bjorn Lomborg, antiguo miembro de Greenpeace. Pero es que esta misma semana, apenas unas horas antes de que Al Gore fuese civilmente canonizado con el Premio Nobel de la Paz, un juez británico se opuso a que La verdad incómoda pudiese ser material didáctico obligatorio en las escuelas -que era lo que sustanciaba la demadna- precisamente porque muchas de sus afirmaciones carecen del consenso científico necesario.

Horner les pasa revista con datos concluyentes: el calentamiento se produce, pero no es global, sino que afecta principalmente al hemisferio norte; es cíclico (como el alarmismo ecologista, que en los años 70 nos aterrorizaba con el enfriamiento global y una nueva Era Glacial); y no depende tanto de la mano del hombre: los gases de efecto invernadero son en su mayor proporción naturales, y sólo en un 2% producto de la combustión energética que Kioto limita.

Por cierto, que los mismos partidarios del Protocolo reconocen la escasa eficacia del mismo: su objetivo es frenar ese calentamiento en 0,07 grados centígrados en 2050 o 0,14 grados en 2100.

El autor examina también a conciencia la teoría del Palo de Hockey sobre la temperatura superficial de la Tierra, quizá el elemento gráfico más impactante de la nueva religión. Fue cuestionado sin apelación posible por la National Academy of Science en 2006, pero ¿quién lo supo? La idea de que la década de los 90 fue la más cálida del siglo, y 1998 el año más cálido de los último milenio, había ya calado en la opinión pública con demasiada fuerza para poder ser arrancada. No eran ciertas, y de hecho recientemente la NASA corrigió, de tapadillo, ese dato: el año más caluroso del siglo XX fue 1934. ¡Ésa sí es una verdad incómoda, pero para Al Gore!

Medio ambiente, sí; catastrofismo, no

La obra de Horner es pues una refutación sistemática y divulgadora del catastrofismo medioambiental. Por supuesto eso no quiere decir que el autor niegue la existencia de problemas medioambientales. Niega su desmesura, basada en datos poco fiables o directamente manipulados con los que Gore ha difundido por todo el mundo lo que tiene todos los visos de ser una fenomenal patraña. El último capítulo del libro se dedica en exclusiva a desmontar el oscarizado docudrama.

Sobre todo, Horner, como otros adversarios de las hipótesis sobre el calentamiento global, denuncia la urgencia con la que sus propagandistas reclaman poderes absolutos: "No hay tiempo para preguntas, ¡debemos actuar ya!", dice el autor, exigen antes de multiplicar las regulaciones y acaparar recursos. Y podría comprenderse, si de verdad existiese un consenso científico al respecto. Pero, como apuntaron varios autores del número monográfico dedicado al tema por el Instituto de Estudios Económicos -por citar bibliografía en español- no es así.

Muy recomendable, pues, esta Guía políticamente incorrecta del calentamiento global (y del ecologismo), que presenta el caso con contundencia y deja a Gore en su sitio. Y que cuenta con un epílogo de Gabriel Calzada sobre nuestro país que da cuenta de cómo negoció España su posición sobre los derechos de emisión. Denuncia que tanto el PP como el PSOE han asumido acríticamente el dogma del calentamiento global, adoptando actitudes, en las negociaciones internacionales (de Isabel Tocino a Cristina Narbona), claramente lesivas para nuestra economía.

Y han sido los empresarios asturianos quienes han dado la voz de alerta. ¡Otra vez la esperanza está en Covadonga!

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